Beatriz Gil Galería

Blow up. 8 fotógrafos sobre la ciudad ajena

Las miradas al paso –de visita o en residencia temporal en la ciudad ajena- es el tema de "Blow up. 8 fotógrafos sobre la ciudad ajena"

La propuesta curatorial de Guillermo Barrios se orienta a indagar sobre las marcas de valor "dactilográfico", el reconocimiento personalísimo e irrepetible de ciudades emblemáticas que el conjunto seleccionado de 23 obras propone al espectador. Los fotógrafos venezolanos que integran esta muestra "se aproximan al espacio urbano cautivados por el tránsito o por acontecimientos velados, actos a punto de suceder o apenas cumplidos". Con sus imágenes juegan a demostrar –plantea Barrios en referencia al legendario filme de Antonioni al cual hace alusión el título de la colectiva- que la fotografía ampliada e inscrita en el papel, "a pesar de capturar un momento milimétrico de la vida incesante de la urbe, permite que ésta siga fluyendo en los enigmas, la ambigüedad, la infinita apertura de narrativas liberadas de la experiencia cotidiana del espectador". La mirada de estos artistas viaja a través del lente para escudriñar el espacio de la ciudad ajena, la ciudad-otra, y nos la devuelven en sus composiciones cargadas de un sello propio. La muestra nos permite atisbar, una a una, las estrategias de apropiación que se ha establecido cada artista, con la cámara como recurso.

En exilio voluntario por más de una década, Ángela Bonadies (Caracas, 1970), recorre el continente europeo intensamente. Sus fotografías de Marsella incluidas en la muestra se detienen en la "epidermis" de la ciudad: en la estación de trenes, donde topa ya con los movimientos contradictorios y simultáneos que signan la dinámica urbana. La tensión, en el paso apurado del viajero, y la calma, en la entrega amodorrada a los tiempos de espera. Desde ese consabido no lugar, central sin embargo a la experiencia de la ciudad, penetra su fábrica, mediante la captura de una postal de l'unité d'habitation, su icono arquitectónico indiscutible.

Daniel Benaim (Caracas, 1975), reside en Lima, la ciudad seca. En su apropiación de Madrid, el techo reluciente de un automóvil media entre el lente y el objetivo para procrear el sentido de un espejismo. El más clásico de ellos: el del plano de agua en el desierto. Las visiones de un conjunto seriado en construcción o de las enormes edificaciones ceremoniales que pueblan la ciudad española, excitan un comentario sutil sobre la realidad urbana rutinaria, seriada, de nuestros días. El registro que Carlos Ancheta (Barcelona, 1973) hace de La Habana esquiva por igual las visiones "tropicales" y aquéllas del tipo "Buena Vista Social Club" de esta urbe siempre abrasada por el sol caribeño. El grupo de fotos la aproximan, tamizada por un pertinaz velo de lluvia, en secuencia: de la gran panorámica a un plano en picada de la calle semidesierta y, a flor de tierra, la visión de las fachadas clásicas y desvencijadas se favorecen en foco frente al movimiento espectral de un grupo de pioneros.

En la Nueva York de Marco Aguilar (Caracas, 1967), la palabra "time" en el umbral de una puerta asediada por las enormes columnas de un edificio, señala ya el interés del artista por las huellas de los establecimientos humanos. De sus apuntes en este sentido a cielo abierto, la cámara se arriesga a trascender los umbrales, para encontrar inscripciones y valores más allá de lo sígnico en el espacio interior.

Julio Estrada (Caracas, 1971) ha optado por el formato en panorámica para atender las urgencias de su curiosidad por el mundo. Gracias en parte a este recurso, situaciones comunes del cotidiano en Roma –la motoneta pasando frente a un monumento; el "dolce far niente" prometido en el café o la mezcla de personajes en cola frente a un vagón de tren valorizado con un mural-, dicen la ciudad en tono épico, grandilocuente.

Andrés Manner (Caracas, 1967) construye un mundo de siluetas forzado por la incandescencia de la luz de Rio de Janeiro. La metrópoli del sur, encontrada en su obsesivo volcamiento litoral, es ámbito de sinuosas figuras que, aún en su reducción formal -un experimento que, más allá de la fotografía, proponen artistas visuales contemporáneos como Kara Walker en Estados Unidos y Claudia Blanco en Venezuela-, resguardan sus características, sus gestos inmanentes.

El juego de polos concomitantes –paz/violencia, exterior/interior, luz/penumbra- constituye no sólo principio compositivo del abundante portafolio sobre Buenos Aires de Jacqueline Zilberberg (Maracaibo, 1966) sino, en esta selección, una manera de leer la ciudad borgeana. Con una notable carga narrativa, sus imágenes del deambular solitario, la confrontación política o la cotidianidad acorazada por frágiles rebozos, se instalan como exordio de aconteceres y misterios que apenas se anuncian frente al espectador.

En esta particular convocatoria, resulta natural el nombre de Marco Montiel-Soto (Maracaibo, 1976), quien debe su obra fotográfica a una vida en continuo movimiento. Teniendo a Berlín como plataforma de despegue, encuentra claramente inscritos en su desnuda visualidad remanentes de los cambios definitorios para la historia contemporánea que allí se ha protagonizado: los cabeza rapada a la vera del infame muro; la estatuaria revolucionaria incólume frente a las transformaciones y un imaginario del control omnipresente en la libre travesía del ciudadano de hoy.

Marzo - Abril 2008

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