
Cecilia Paredes Peru, 1950
El primer performance registrado en fotografía realizado por Cecilia Paredes se remonta al año 2000. Desde entonces y mediante de una reflexiva indagación cultural, la artista se vale de su propio cuerpo como contenedor físico y soporte recurrente donde, a partir de diversos procesos artísticos, se fusiona con el entorno natural, logrando una notable transformación camaleónica. El uso de su anatomía desnuda, como herramienta y estrategia de representación, simboliza también un altar de autoafirmaciones femeninas que se apropia de diferentes identidades zoomórficas mutando en animales comunes, como se percibe en las obras Armadillo (2002), Manos de pulpo (2002) o Papagayo (2005), para lograr imágenes que alcanzan connotaciones míticas y ancestrales. Más adelante, el corpus performático avanza camuflajeado hacia otra temática, mimetizándose en un mundo paradisíaco de paisajes florales y mariposas. Estas piezas, suerte de autorretratos iniciada en 2004, recrean además –citando a Susan Sontag–, una sensible erótica del arte. En estos registros, la acción pictórica-corporal-fotográfica desafía el ilusionismo al fundirse con los motivos barrocos y ornamentales del papel tapiz o de las telas homónimas que utiliza como fondo.