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El caso de Venezuela
Los pesos pesados están bien presentes, como los brasileños Luisa Strina, Vermelho, Almeida & Dale, Fortes d’Aloia & Gabriel, o los argentinos Rolf Art y Ruth Benzacar. Pero también se encuentran, aunque se vean un poco menos mexicanos de lo habitual (OMR y kurimanzutto), expositores menos fáciles de encontrar, como las dos galerías venezolanas Beatriz Gil y Carmen Araujo, que comparten stand.
¿Cómo ven la evolución de su país estas dos estructuras con más de veinte años de trayectoria? «La situación se volvió muy difícil», confirma Isabella Nebreda, hija de la fundadora. «Solo quedan cinco o seis galerías de arte contemporáneo en Caracas. Muchos coleccionistas se han ido al extranjero, y lo mismo ha ocurrido con los artistas. De los seis venezolanos que presentamos en el stand, solo uno vive en el país, la más joven, Genesis Alayón».
Uno de los puntos fuertes del stand, que nunca ha podido mostrarse en Caracas, es la serie fotográfica de Alexander Apóstol sobre miembros de la comunidad LGBT+, caracterizados como figuras políticas, desde Trump hasta Maduro, pasando por Delcy Rodríguez, la actual dirigente, o Corina Machado, premio Nobel de la Paz.
Las piezas más caras son las de Tony Vázquez-Figueroa, quien lleva a cabo una larga investigación sobre el petróleo y su efecto en la sociedad venezolana, pintando Derrames (fugas) que recuerdan a Rothko o a los cuadrados de Albers. Alcanzan los 24.000 euros, mostrando la realidad de un mercado que se ha contraído considerablemente.
El coleccionista Juan Carlos Maldonado lo reconoce: «El cambio será primero político antes de reflejarse en la economía, especialmente en el precio de las obras. Pero existe una joven generación emergente por descubrir».
La diáspora es visible en muchos otros stands, desde Elias Crespin, que ha sido exhibido en el Louvre (con Baró y Raquel Arnaud), hasta Mariana Bunimov en Michel Rein, donde se puede ver una pintura muy pertinente de petroleros estacionados en un puerto.


