24.05 - 19.07.26

 

 

PEDRO MEDINA 

EL sueño de la mirada

  

Curaduría y textos: ruth auerbach
museografía: Ruth Auerbach y los servicios del arte 
 
  • El domingo 24 de mayo, a partir de las 11:00 am en Beatriz Gil Galería, inauguramos Pedro Medina. El sueño de la mirada, segunda exposición individual del artista en nuestros espacios.

     

     Medina (Maracaibo, 1990) es Licenciado en Artes Plásticas de la Facultad Experimental de Artes de la Universidad del Zulia. Maracaibo. Su obra destaca por su minucioso realismo en óleo, capturando momentos fugaces y se enmarca dentro de la figuración y el naturalismo, destacando escenas cotidianas, dinámicas humanas, retratos y paisajes naturales y de ciudad; todos guardando íntima relación con el artista por lo que son espacios vividos por él. 

     

    En esta ocasión, el artista marabino nos presenta una reinvención de su narrativa visual bajo la curaduría de Ruth Auerbach. En ella se cuestiona el mito del progreso tecnológico, particularmente en la dada en medio de la brecha temporal de finales y principios del milenio cursante, así como de la velocidad de la información, los sistemas de computacionales primarios, el ritmo al cual estamos expuestos a la información en el universo digital y numerosas alegorías a la cultura pop. De esta manera, El sueño de la mirada construye un imaginario propio, a través de los intereses del artista, de los convulsos algoritmo informático y algoritmo cognitivo. Las obras dialogan entre sí de manera onírica y rizomática, como tratando de capturar la fugacidad de las últimas décadas. En esta muestra, Medina abre un nuevo capítulo de investigación, con paisajes híbridos de un recorrido enciclopédico de los artefactos contemporáneos.

  • I. 

    La práctica pictórica de Pedro Medina se configura, desde sus inicios, como un campo de indagación sensible atravesado por una capacidad intuitiva para aprehender un heterogéneo universo de cartografías físicas y afectivas.

    Estas se inscriben en narrativas de lo cotidiano que el artista registra en escenas de escala intimista, donde la experiencia vivida se traduce en un dispositivo de representación que tensiona memoria, percepción y territorio. 

    Situado en la posición del observador emancipado, Medina articula una mirada que, lejos de la neutralidad, se asume como un acto de conciencia perceptiva. Su investigación visual despliega así una relación dialéctica entre la expansión del paisaje -tanto natural como urbano- y la inmediatez de lo próximo, entendida no solo como entorno físico, sino como espacio de sensibilidad y experiencia. La pintura opera entonces como un lugar de mediación donde lo visible se reconfigura a partir de una subjetividad que desborda la mera descripción. 

    Este universo íntimo, se situaba en la representación  panorámica de su Maracaibo natal y más recientemente, de Caracas, ciudad donde reside. No obstante, lejos de constituirse como registro documental, su obra activa una poética de la cotidianidad en la que el retrato y las escenas familiares adquieren una dimensión expandida. En ellas, la aparente espontaneidad se inscribe en una tradición que se desplaza hacia una suerte de "naturalezas vivientes" donde la afectividad y la construcción de lo común se entrelazan. 

     

     II.

    La potencial facultad de observar detenidamente el objeto o sujeto de su interés, aunada a una aguda sensibilidad para ver, mirar y documentar todo aquello que se inscribe en su campo perceptivo, conduce a Medina a la creación de imágenes inéditas e inusuales. Estas son dispuestas mediante estrategias de edición gráfica que reconfiguran la experiencia visual en cada nueva representación pictórica, revelándose así como un ejercicio de reconocimiento de una otredad posible, en la que lo visible se desplaza hacia umbrales de extrañamiento y significación expandida.     

     

    La exposición El sueño de la mirada, reúne un heterogéneo cuerpo de pinturas que articula un ecosistema visual donde lo real y lo fantasioso coexisten en tensión productiva. En este contexto, Medina nos entrega un repertorio de imágenes y reflexiones que parecen emerger de una lógica no lineal, cercana a la dinámica del  inconsciente. Las diversas escenas, más que imágenes estables, operan como condensaciones simbólicas que remiten al flujo del pensamiento involuntario propio del estado onírico, donde la imagen deviene territorio de proyección, desdoblamiento y resonancia psíquica. 

     

    Medina construye un imaginario pictórico que integra sus múltiples intereses -cultura pop, tecnología, ciencia, deporte y entretenimiento- en composiciones que remiten ahora, a la lógica del collage digital. Sus obras articulan imágenes donde conviven referencias al cine, la música, los videojuegos, así como a los diagramas, máquinas y fenómenos científicos que derivan de su interés por una estética enciclopédica, configurando la velocidad de un paisaje visual propio de su tiempo. 

    Perteneciente a una generación nacida en los años noventa, marcada por la expansión de internet y la hiperconectividad, su práctica refleja el impacto del flujo constante de información en la construcción de la identidad. En esta trama narrativa, sus aficiones y pasatiempos - que van desde las carreras de autos y la exploración tecnológica hasta la física y la astronomía- se integran como material simbólico y conceptual. Los vehículos de carreras y sus audaces pilotos integran su imaginario más delirante y surreal, cuando levitan cual joyas preciosas  sobre las piscinas de la casa familiar. Así mismo, el ocio electrónico -los videojuegos y el procesador-  parecieran retratar  la nostalgia de una  obsolescencia programada enfrentada al presente. Y es, desde este reservorio visual y rizomático, que su obra despliega una reflexión sostenida sobre  preguntas fundamentales: el origen, el lugar del ser humano en el universo y la relación  entre conocimiento y experiencia.   

    Al cuestionarse su origen en el universo, Medina especula  junto a Krishnamurti el argumento esencial Cuál es el arte de vivir?, al tiempo que recrea la noción de la Matrix y la validación a través del reflejo de la pantalla televisiva compartido entre las identidades individuales y las culturas planetarias. En El sueño de la mirada percibimos, sin duda alguna, ese cambio de escala, un mirar hacia adentro que nos permite, por tanto, descubrir otras perspectivas. Nuestro artista establece así un cruce entre lo material y lo espiritual, donde la pintura se configura como espacio de indagacion existencial.